Una selección de trabajos terminados: láminas, cojines bordados y tapices que salieron del taller hacia hogares y estudios. Cada caso cuenta cómo se planteó la pieza, qué materiales se usaron y cómo se resolvió el encargo.
Cada encargo termina en una casa, un estudio o una oficina. Estas son las palabras de quienes recibieron una lámina, un cojín bordado o un tapiz tejido, y conviven con ellos a diario.
Encargué una acuarela de la fachada de mi edificio para el recibidor. El papel de algodón y los tonos añiles hacen que la pieza cambie según la hora del día. Ahora es lo primero que ven quienes entran a casa.
Pedí un cojín con un patrón de sombras para el sofá de la sala de espera. El bordado a mano se nota: cada puntada tiene su ritmo. Los pacientes lo tocan, lo miran, y eso ya es conversación.
El tapiz tejido en telar reproduce los colores de las calles de mi infancia. No es una foto, es otra cosa: la textura de la lana, el tiempo del tejido. Lo colgué sobre el escritorio y ya no concibo ese rincón sin él.
Compré tres cuadernos con encuadernación cosida para el estudio. El papel aguanta la tinta sin traspasar y la costura permite abrirlos por completo. Son herramientas de trabajo, no objetos de adorno.
Pedí una lámina con los colores de la casa de mis padres. El proceso fue claro: me consultaron las referencias, el formato y los tonos. El resultado llegó bien embalado y con una nota escrita a mano.
La sala de reuniones era fría, con paredes blancas y poco carácter. Un tapiz tejido en tonos ocre y azul cambió la atmósfera por completo. Ahora la gente se sienta de otro modo, más cerca, más tranquila.
Los casos reunidos en esta página describen encargos reales atendidos por el taller. Cada pieza se presenta con su contexto de origen, el proceso aplicado y el resultado entregado, sin cifras de producción ni promesas de tiempos que no dependen solo del estudio.